lunes, 20 de noviembre de 2023
jueves, 16 de noviembre de 2023
18 de noviembre: Castañares del Alto Genal
Participantes: 12 + 1 | Luis, Nori, Germán, Pilar, Paco P., Jesús R., Lily, Jesús C., Manuel D., Paco Z., Lola y Jerónimo. Paco Ruiz en la comida. |
Distancia recorrida: | 18,7 kilómetros |
Desnivel de subida acumulado: | 990 metros |
Altura mínima: (994 m – Loma cercana al Arroyo Guaitará) | Altura máxima: (518 m – Vado Capilla) |
Tipo de recorrido: | Circular |
Tipo de camino: | Veredas, carriles y carretera. |
Desayuno en el restaurante La Parrilla, al lado del hotel Sierra Hidalga, porque la Fragua estaba cerrado. Pitufos y molletes duros, lo mejor las rebanadas. Manolo nos invitó por su cumpleaños. ¡¡¡FELICIDADES MANOLO!!!
Aparcamos a la salida de Igualeja
hacia Pujerra y comenzamos a caminar carretera adelante en dirección a Pujerra,
cruzamos el puente de río Seco y abandonamos la carretera por un carril
hormigonado, muy empinado, que sube a buscar el valle de arroyo Hondo, donde
cambiamos el encinar por el castañar.
No tenían los castaños sus
mejores galas este año, quizá la sequía, más que el otoño, había secado las
hojas, aunque había algunos resplandecientes. Subimos a buen paso, sin
descansar, hasta alcanzar el camino de Estepona a Igualeja. Otras veces tomamos
ese carril al sureste para coger después el camino que va por las crestas hacia
Pujerra. Hoy hemos seguido al sur, por un carril secundario que nos ha llevado
a cruzar el arroyo Güitarraz en una zona donde algunos vieron un par de lepiotas
imponentes.
Ese carril va al oeste hasta que
gira al sur ascendiendo. Si lo hubiéramos seguido al sur, en la cresta
hubiéramos llegado al carril de la cresta hacia Pujerra, pero Jerónimo pensó
que debíamos descender para tomar un carril a media ladera hacia Pujerra.
Descendimos por el castañar, con
algún paso de ribazo un poco complicado, hasta encontrar el carril al oeste,
hacia Pujerra. Gran parte de este trayecto hasta el carril se hizo monte a
través o por carriles muy secundarios, cruzando unos preciosos castañares. En
esta zona alta de la loma muchas hojas habían sido abatidas por el viento, lo
que nos permitió caminar por una alfombra dorada y ocre, con el continuo crack,
crack, de las botas quebrando la hojarasca. ¡Qué delicia de paseo! Sólo por
esta sensación de abrir camino entre la hojarasca merece la pena el largo
desplazamiento hasta los castañares. De vez en cuando alguna hoja caía desde lo
alto de los árboles, aunque más que caer lo que hacía era volar, planear,
mecida por el escaso viento hasta posarse dulcemente en el suelo. Y para que el
disfrute fuese completo teníamos, además, los colores otoñales de los castaños
más retrasados, aún con sus hojas, de los que el sol sacaba irisaciones
doradas, amarillentas, ocres, frente a un cielo completamente azul. Algunos
trechos del camino dejaban ver la blanca mancha de Cartajima, en la ladera
debajo de su sierra; en otros era Igualeja la que aparecía, también inmaculada,
recogida en su valle. ¿Qué más se podría añadir? Nada. El disfrute en este
tramo de caminata fue total.
Sabíamos que nuestro carril
desembocaba en la carretera, como a un kilómetro de Pujerra. Resultó ser un
carril privado con una gran puerta junto a la carretera, pero estaba abierta y
sin obstáculo alguno nos vimos caminando en fila india por la carretera,
evitando en lo posible los continuos coches a y desde Pujerra.
A la entrada del pueblo había un
guardia municipal que estaba ordenando un poco a la multitud de coches que
llegaban a Pujerra, donde ya no cabían más, estaba colapsada de coches. Peajes
que hay que pagar por caminar en fin de semana.
En Pujerra bajamos por la iglesia
al mirador que hay camino de Cartajima. Allí nos sentamos a hacer el Ángelus.
Al principio estábamos solos con una pareja, pero en seguida se llenó de varios
grupos de caminantes que subían la cuesta al pueblo y utilizaban el mirador
para descansar y recuperar el resuello.
Descendimos por la empinadísima
cuesta, cruzamos la carretera y bajamos hasta el puente del Genal. En el puente
llamó Paco Ruiz a Jerónimo. Estaba con su moto en Júzcar y quería unirse a
nosotros en la comida. Nos cuadraba bien la hora para juntarnos en Cartajima.
Con la perspectiva del ya cercano
almuerzo emprendimos la subida del puente al pueblo. Una subidilla de casi 350
m de desnivel, entre las 13 y las 14h, orientada al sur, con todo el sol dando
en la lomera. Sudamos lo nuestro en la subidilla, todos los años nos pasa lo
mismo en este tramo.
En el mirador que hay poco antes
de Cartajima nos esperaba Paco y allí, bajo una hermosa encina buscamos acomodo
para almorzar. Hubo chacinas, aguacate y edamame de aperitivo. Después
ensaladas de tomate y escarola, tortillas de habas y de patata, pisto,
berenjena picantita, espaguetis, etc. Como platos fuertes filetillos tiernos y
lomo al ajillo. Para terminar quesos de oveja curado y gorgonzola tierno, tés
con orujos y la consabida y ya tradicional tarta de Jerónimo, siempre nueva,
siempre innovando. Cuatro botellitas de vino cayeron, dos de Rioja, una de La
Mancha y la otra no recuerdo de dónde. Deliciosa comida y excelente compañía.
Paco Ruiz salió disparado con su
moto y el resto nos echamos al camino para atravesar Cartajima hasta encontrar
la calle de donde sale la pista hacia Parauta e Igualeja. En la bajada hacia el
Genal paramos a fotografiarnos junto al gran castaño Arenas. Llegamos al Genal
en la zona del molino Real y cruzamos el cauce a pie llano, sin agua, cuando
otras veces hemos hecho mil equilibrios para cruzarlo por encima de las
piedras.
Quedaba la subida a la cresta,
unos 200 m de desnivel, que tomamos sin prisa pero sin pausa, toda de un tirón,
sin descanso. Con el pueblo de Igualeja ya cercano cruzamos el arroyo Halda y
bajamos al arroyo Hiladero en la parte baja de Igualeja.
Día primaveral por la
temperatura, con el viento en calma. Día pleno de sensaciones cromáticas y
auditivas. Un verdadero disfrute. Un día de los que crean afición al
senderismo.
Tras la tempestad de los inicios viene la calma del té, el orujo y el postre
miércoles, 8 de noviembre de 2023
11 de noviembre: Vereda de la Estrella
Participantes: 16 | Luis, Nori, Germán, Pilar, Paco P., Lily, Lucía, Antonio M., Fini, Manuel D., Paco Z., Lola, Carlos, Ricardo, Tere y Jerónimo |
Distancia recorrida: | 16,5 kilómetros |
Desnivel de subida acumulado: | 750 metros |
Altura mínima: (1.140 m – Vegueta del Caracol) | Altura máxima: (1840 m – Cortijos del Hornillo) |
Tipo de recorrido: | Parte circular y parte lineal de ida y vuelta |
Tipo de camino: | Veredas |
OTOÑO EN LA VEREDA LA ESTRELLA. 2023.
A Antonio Muñoz, ángel de la guarda de Sierra Nevada.
¿Es otoño o no es otoño en la vereda?
¿qué dice el roble?
¿tiene respuesta el arce?
¿el castaño Abuelo sabe algo?
¿las cornicabras se han enterado?
Los álamos del río, ellos sí.
Los álamos del río sí lo saben.
Los álamos del río tienen el color de tierra cocida ocre
queriendo ser rojiza.
El color de tierra cocida que María Zambrano sentía
contemplando El hijo
pródigo de Ramón Gaya. El color del otoño, ¿o su mirada
dentro de la
pintura? ¿o ella misma era otoño al contemplar?
Los álamos del río son el hijo pródigo de este otoño.
Predomina el verde en la vereda como un prefijo que no da
paso a la
transformación, como un prefijo que pretenda arrebatarle
su lugar a la
palabra. No hay estación dice el verde. Solo verano.
La vaca de La Estrella no distingue la tarde de la
mañana. Permanece en la
misma charca, a la sombra de la cornicabra verde. Tiene
una marca: 2023.
Por eso sé que ella tampoco sabe si es otoño, por su
marca. Es testimonio
de una estación oxidada.
¿El arce, el roble, el castaño? No tienen agua del cielo.
Tan cerca el río, tan
lejos la lluvia. De momento sobreviven escuchando el
sonido del agua. Así
de importante es la escucha. ¿Será esta, la escucha, la
razón de que las
personas tengamos dos oídos, dos orejas (y una sola boca)
para sobrevivir a
la manera de estos árboles? De momento no tenemos ninguna
marca. Sin
embargo, no me siento ajena de envidiar al hijo pródigo.
El roble clama agua del cielo o, en su caso, que algún
humano le ponga
cerca una acequia. Falta color para que Gaya lo fije en
una pintura
imborrable; tan solo está pidiendo al cielo, plenitud en
la transformación.
Estos árboles como estas montañas son Memoria del Tiempo,
─ título del
libro de Lourdes Hernández Martín, nacida en Güejar
Sierra─. Su escritura
transforma las ruinas de estos cortijos de La Estrella,
en los que habitó, en
una estación viva, indeleble. Probablemente el color del
vestido de su
madre pasara del luto al medio luto para pasar otra vez
al luto.
Probablemente su madre conociera el color en la sangre de
un gallo o en el
rojo intenso de la cornicabra. Lo cierto es que la
escritura siempre quiere ir
más allá de una estación oxidada. Ser memoria.
Los álamos del río, ellos sí.
Los álamos del río sí lo saben.
Nota: Lourdes Hernández Martín solo fue a la escuela
quince días, pero
escuchó, aprehendió, y fue la escucha lo que le permitió
recoger la voz de
su familia, fijar la historia ocre rojiza de la tierra,
la sangre del gallo y
expresar por escrito la palabra oral. Fijó las estaciones
de la vereda.
Nota: para unos la estación ya está plena, para otros
falta intensidad en el
color. unos ven la vaca marcada, otros el ganado que pace
libre; unos el
verde, otros el ocre; unos miran las ruinas, otros
imaginan los cortijos
habitados, para unos este otoño es el perdón, para otros
siempre será un
vestido de medio luto asomado a una mina. Solo al hijo
pródigo se le revela
el color rojo. Empero, no discutamos, todo está en La
Estrella.



















































































