jueves, 2 de julio de 2026

4 de julio: Río Higuerón

Participantes: 8
Joaquín, Pilar, Luis, Germán, Ricardo, Tere, Jerónimo y Paco R.
Distancia recorrida:
16  kilómetros
Desnivel de subida acumulado:
420 metros
Altura mínima: (270 m – Río Higuerón bajo Frigiliana)
Altura máxima: (620 m – Cahorro Pichirri)
Tipo de recorrido:
Lineal  de ida y vuelta
Tipo de camino:
Carril, veredas y el cauce del río

No son l@s diez pero casi

Abandonan los caminantes de hoy las pulcras y encaladas calles de Frigiliana con el lomo erguido y el paso firme, ignorando que la andadura se torcerá bien pronto. La vereda que baja al río por las piedras se va perdiendo entre la maleza como los buenos propósitos de año nuevo. A los lados, las dolomías se yerguen puntiagudas, rotas y comidas por una erosión milenaria que les da un aspecto de muelas cariadas de gigante. Abajo aguarda el río Higuerón, arrastrando un agua transparente, limpia y ajena -¡qué más quisiera!- a las cuitas de los hombres. Con envidiosas miradas, otros bajan fácilmente por el carril cementado.

Pronto topan nuestros pies con el gran milagro de la ingeniería moderna: un carril horadado en pleno Parque Natural. Una soberbia exhibición de maquinaria pesada ha triturado con saña las orillas y el cauce. Lo hermoso de la burocracia patria eso tiene: revienta el entorno con orugas de acero y pone trabas al caminante por el imperdonable daño que en el cauce causan sus no tal humildes zapatillas, lo que no quita para que sea necesario controlar el acceso en exceso y educar en el respeto al medio y a los seres inertes y con vida que lo habitan –piedras pintarrajeadas o arañadas, plantas pisoteadas o arrancadas, basuras, pañuelitos secaconchas de tierra y mar, bolsitas con caquita de perro, gritos, ladridos… Los ríos no son un parque acuático –aunque lo parezca a veces por los modelitos y torsos, musculosos y tatuados, que se lucen- y si extraños, nos cruzamos, que menos que un ¡hola! o un ¡buenos días!, que hasta eso se está perdiendo.

Para espantar el sofoco que no el sol sino el destrozo provoca, la comitiva se entrega a la alta filosofía de vereda. Se suceden doctas charlas de fútbol —donde se arregla la alineación de la selección nacional y la extranjera—, sesudos debates sobre los incendios y la conservación del medio, y encendidos discursos sobre el valor de la libertad, el tráfico, los radares y las carreteras, que siempre cotiza al alza cuando las piernas empiezan a quejarse.

Al llegar a la zona de La Puerta, donde la acequia duerme su toma de agua, el paisaje se pone botánico. En los altivos paredones dolomíticos saluda la Pseudoescobiosa grossii, luciendo con timidez sus primeros capítulos rosados. Toca entonces sortear los primeros pedruscones. Las lluvias del invierno, generosas en su furia, se han llevado por delante el sedimento fino y la arena, dejando en su lugar un muestrario de peñascos del tamaño de sandías que convierten el avance en un constante juego de equilibrismo. El camino se vuelve más difícil de andar, más hosco, pero también más generoso en agua. En el aire, un ejército de libélulas de vuelo eléctrico baila un fandango frenético sin posarse jamás, como si tuvieran prisa por llegar a ninguna parte.

El tramo, aun encajonado entre paredes modestas, regala una sombra benévola gracias a una vegetación que estira sus brazos sobre el cauce. El agua salta fría y cristalina en pocillas y chorreras; un goteo constante y musical se desliza por los manantiales laterales, refrescando el ánimo de la comitiva que avanza, lecho arriba, como una hilera de hormigas en procesión.

La épica —o la comedia— aguarda en el recodo del «Tobogán». Allí la corriente ha excavado una badina profunda con rápidos traicioneros, donde el mármol se ofrece pulido, brillante y resbaladizo como jabón de sastre. Los humanos, previsores, han colgado unas cuerdas para evitar que el personal pierda la crisma o el móvil, tanto da. En esta frontera líquida, las piedras del lecho se tiñen de un intenso y caprichoso color amarillo anaranjado, como si un pintor borracho hubiera volcado allí sus tinturas.

Se entra por fin en la umbría protectora. Las altas paredes de los cahorros y el agua fresca actúan como una catedral natural que nos ampara del sol del verano. El calor, por una vez, es una abstracción lejana gracias a la abundancia del torrente y a una brisa milagrosa que sopla pasillo abajo. La subida se complica al afrontar los primeros saltos de agua, donde la corriente golpea con saña taurina en pozas excavadas a golpe de siglos. Un tronco viejo, desafiando toda lógica física y gravedad, sube río arriba apoyado en la fuerza del saber; son peldaños rústicos orientados al cielo para encaramarse a lo más alto de estos cahorros, que son, de largo, la porción más hermosa y soberbia del Higuerón. El viajero, contenida la respiración, nota que hoy el santuario está concurrido; hay demasiada gente para lo que es costumbre en este rincón del mundo, rompiendo la mística del desierto con un rumor de domingueros en sábado y bañistas.

Toca apretar los dientes y trepar por la roca viva, valiéndose de unas grapas de hierro fijadas hace años por manos piadosas que hoy el caminante bendice en silencio. Superada la pared, el Higuerón se retuerce en una chorrera en curva que obliga a redoblar el tiento antes de remontar, con el aliento justo y las piernas templadas, los últimos metros de la ascensión.

Al fin se alcanza el Cahorro de Pichirri, donde ruge su célebre cascada-ducha. Los excursionistas guardan una ordenada cola, como si de la ventanilla de un ministerio se tratase, con el único y prosaico fin de hacerse una foto a solas bajo el chorro. Mientras tanto, la naturaleza sigue a lo suyo: el agua ha vuelto a excavar una badina honda que pasa de la cintura, un pozo azul donde el torrente cae con inusitada y brutal fuerza sobre la cabeza y la columna del caminante más viejo, que recibe el bautismo líquido con un crujido de vértebras y un resoplido de satisfacción. Cumplido el hito, la comitiva da la vuelta para desandar lo andado; el cuerpo, ya acostumbrado a las dificultades y argucias del terreno, encuentra la bajada extrañamente más fácil y llevadera.

¡Y entonces llegó el momento supremo del gaznate, la gran restauración de las fuerzas flacas! Descendiendo por el río, en un recodo bendecido por la sombra y arrullado por el frescor del agua viva, la comitiva plantó bandera para entregarse a una comida pantagruélica, como es ley y buena costumbre entre personas de bien. ¡Allí se desató un cataclismo de viandas que habría hecho palidecer de envidia al mismísimo maestro Alcofribas! Abriéronse las compuertas del estómago con un gazpacho fresquísimo, rojo y vivificante, que corrió por las gargantas como río en verano, escoltado de cerca por un salmorejo cordobés denso, untuoso, con su correspondiente corona de huevo y jamón. Salió a relucir una montaña de langostinos cocidos, tersos y rosados, que los comensales pelaban con la destreza de cirujanos y devoraban a puñados, alternándolos con un exótico humus de remolacha de un fucsia chillón que contrastaba con la sobriedad ibérica del chorizo y el jamón cuyas vetas de grasa sudaban un brillo casi celestial.

No decayó el ímpetu de las mandíbulas; antes bien, se redobló el ataque con una ensalada de cecina, rúcula y lascas de queso parmigiano, seguida por unas tortillas de patata gordas, jugosas y cuajadas en su justo punto de gracia. Los quesos reclamaron su derecho de cátedra: un oveja de Zamora, recio y viejo, flanqueado por uno de cabra granaína, graso y con todo el aroma de las sierras penibéticas. ¡Y no se vaya a pensar el lector que semejante arsenal de viandas bajó a secas por el gaznate, libre de la bendición de Baco! Para abrir camino y limpiar el paladar de la grasa del chorizo y el jamón y el ácido úrico de los langostinos, corrieron primero las cervezas bien frías, mitigando el fuego del mediodía con su amargor espumoso, para surgir después el verdadero milagro de la jornada, un tinto de la Ribeira Sacra que traía en su color de cereza oscura toda la épica de los bancales heroicos de Galicia.

Para coronar semejante monumento a la glotonería, cuando ya los cinturones pedían clemencia, se dio cuenta y razón de un dulce de hojaldre y nueces, crujiente y meloso a la vez.

Comieron, bebieron y triunfaron sobre la fatiga, dejando el recodo del río limpio de restos, pero preñado de risas y estómagos dichosos.

De nuevo en marcha, los caminantes se giran y alzan la vista hacia la cumbre del Cisne. Su sombra, contra lo que cabría esperar, no es tan alargada; sus dolomías resplandecen grises y altivas, recortadas sobre un cielo de azules brillantes e intensos, un firmamento limpísimo que resulta del todo impropio para un día de levante en el sur, propenso a las calimas y los bochornos. Se avanza buscando la sombra en la bajada, aunque la corriente continua del agua y la copa de los pinos mitigan con nobleza el rigor de la tarde andaluza.

Acompañan el descenso las adelfas, que escoltan todo el camino alegrando los bordes y los barranquillos laterales con sus rosas impolutos y alegres. Es obligado el elogio de la adelfa, planta hermosa y sufrida que regala su belleza al caminante a pesar de albergar en sus venas un mortal veneno.

Ya llegando a Frigiliana, los ojos topan con el último gran espectáculo: la cascada de la acequia de Lízar, un chorro magnífico que se derrama y truena por rocas verdinosas y resbaladizas.

Poco después se alcanza por fin la meta: los coches, calientes por el sol. Comienza entonces el sagrado ritual de quitarse las botas pesadas y los calcetines empapados, liberando los pies milagrosamente intactos. Al amparo de las portezuelas abiertas, brota la charla mansa sobre el día pasado y los senderos venideros, mientras de algún maletero aparece algún producto de la huerta que se reparte como reliquia antes de empezar a planear, con los mapas en la cabeza y la fatiga en el cuerpo, las próximas salidas.

 

Saliendo de Frigiliana por esa vereda casi perdida

Clematis flammula - Hierba de los pordioseros

Centaurea...

Ratos de sol y sombra

Thymbra capitata - Tomillo andaluz

Plocama calabrica - Hedionda

Por ese carril abierto a golpe de pala mecánica en el cauce

Nerium oleander - Adelfa

En todo este tramo en el que hacía años que no corría agua en verano

hoy lo hace en cantidad y con fuerza

Dejando atrás la toma de la acequia

el río comienza a saltar

y se estrecha

el personal se acumula

pues a pesar de las cuerdas el paso no está nada fácil

Muestra el Higuerón un aspecto inusual

con saltos y cascadas

que un buen tronco escalonado siempre ayuda a superar

Una piedra lisa como ballena varada

En la parte más estrecha del Higuerón

los saltos se suceden

las paredes se alzan y unas grapas

sirven para acceder a su último tramo caminable

por este lado

pues el Cahorro de Pichirri

se cierra imposible de superar es esa cascada y rincón que más parece piscina de spa

Vuelta atrás

a desandar lo andado

a volver a saltar

todos los saltos pasados

con más o menos estilo

Las intensas lluvias del invierno

han abierto pozas que hacía años no se veían

Tanto salto y tanta piedra

nos han retrasado un poco

así que toca buscar un nuevo restaurante al vino lejos del habitual cuando por estos lares venimos

Vuelta al cauce y a sus aguas frescas y transparentes

Atrás va quedando el Cisne

y nosotros, a lo nuestro, caminar sobre las aguas

que aquí no es milagro

el milagro es pasar sin resbalarse

Un rincón de mármol pulido

Tramo medio del Higuerón

Trachelium caeruleum - Flor de la viuda, alfileres

Abandonamos la zona umbría

para seguir, entre adelfas, por la zona más soleada del cauce, hoy llevadera por el agua permanente que serpentea el cauce herido

Pseudoscabiosa grosii - Endemismo bético-rifeño, presente en la Península solo en los paredones verticales de los barrancos costeros de la Almijara y sierras próximas

Charla de tarde

Scirpoides holoschoenus - Junco churrero

La cascada de la acequia de Lízar

Mapa de la ruta