Participantes: 8 | Joaquín, Pilar, Luis, Germán, Ricardo, Tere, Jerónimo y Paco R. |
Distancia recorrida: | 16 kilómetros |
Desnivel de subida acumulado: | 420 metros |
Altura mínima: (270 m – Río Higuerón bajo Frigiliana) | Altura máxima: (620 m – Cahorro Pichirri) |
Tipo de recorrido: | Lineal de ida y vuelta |
Tipo de camino: | Carril, veredas y el cauce del río |
No son l@s diez pero casi
Abandonan los caminantes de hoy las pulcras y encaladas calles de
Frigiliana con el lomo erguido y el paso firme, ignorando que la andadura se
torcerá bien pronto. La vereda que baja al río por las piedras se va perdiendo
entre la maleza como los buenos propósitos de año nuevo. A los lados, las dolomías se yerguen puntiagudas, rotas y comidas por una erosión milenaria que
les da un aspecto de muelas cariadas de gigante. Abajo aguarda el río Higuerón,
arrastrando un agua transparente, limpia y ajena -¡qué más quisiera!- a las
cuitas de los hombres. Con envidiosas miradas, otros bajan fácilmente por el
carril cementado.
Pronto topan nuestros pies con el gran milagro de la ingeniería moderna:
un carril horadado en pleno Parque Natural. Una soberbia exhibición de
maquinaria pesada ha triturado con saña las orillas y el cauce. Lo hermoso de
la burocracia patria eso tiene: revienta el entorno con orugas de acero y pone
trabas al caminante por el imperdonable daño que en el cauce causan sus no tal
humildes zapatillas, lo que no quita para que sea necesario controlar el acceso en
exceso y educar en el respeto al medio y a los seres inertes y con vida que lo
habitan –piedras pintarrajeadas o arañadas, plantas pisoteadas o arrancadas,
basuras, pañuelitos secaconchas de tierra y mar, bolsitas con caquita de perro,
gritos, ladridos… Los ríos no son un parque acuático –aunque lo parezca a veces
por los modelitos y torsos, musculosos y tatuados, que se lucen- y si extraños,
nos cruzamos, que menos que un ¡hola! o un ¡buenos días!, que hasta eso se está
perdiendo.
Para espantar el sofoco que no el sol sino el destrozo provoca, la
comitiva se entrega a la alta filosofía de vereda. Se suceden doctas charlas de
fútbol —donde se arregla la alineación de la selección nacional y la extranjera—, sesudos
debates sobre los incendios y la conservación del medio, y encendidos discursos
sobre el valor de la libertad, el tráfico, los radares y las carreteras, que
siempre cotiza al alza cuando las piernas empiezan a quejarse.
Al llegar a la zona de La Puerta, donde la acequia duerme su toma de
agua, el paisaje se pone botánico. En los altivos paredones dolomíticos saluda
la Pseudoescobiosa grossii, luciendo con timidez sus primeros capítulos
rosados. Toca entonces sortear los primeros pedruscones. Las lluvias del
invierno, generosas en su furia, se han llevado por delante el sedimento fino y
la arena, dejando en su lugar un muestrario de peñascos del tamaño de sandías
que convierten el avance en un constante juego de equilibrismo. El camino se
vuelve más difícil de andar, más hosco, pero también más generoso en agua. En
el aire, un ejército de libélulas de vuelo eléctrico baila un fandango
frenético sin posarse jamás, como si tuvieran prisa por llegar a ninguna parte.
El tramo, aun encajonado entre paredes modestas, regala una sombra
benévola gracias a una vegetación que estira sus brazos sobre el cauce. El agua
salta fría y cristalina en pocillas y chorreras; un goteo constante y musical
se desliza por los manantiales laterales, refrescando el ánimo de la comitiva
que avanza, lecho arriba, como una hilera de hormigas en procesión.
La épica —o la comedia— aguarda en el recodo del «Tobogán». Allí la
corriente ha excavado una badina profunda con rápidos traicioneros, donde el
mármol se ofrece pulido, brillante y resbaladizo como jabón de sastre. Los
humanos, previsores, han colgado unas cuerdas para evitar que el personal
pierda la crisma o el móvil, tanto da. En esta frontera líquida, las piedras
del lecho se tiñen de un intenso y caprichoso color amarillo anaranjado, como
si un pintor borracho hubiera volcado allí sus tinturas.
Se entra por fin en la umbría protectora. Las altas paredes de los
cahorros y el agua fresca actúan como una catedral natural que nos ampara del
sol del verano. El calor, por una vez, es una abstracción lejana gracias a la
abundancia del torrente y a una brisa milagrosa que sopla pasillo abajo. La
subida se complica al afrontar los primeros saltos de agua, donde la corriente
golpea con saña taurina en pozas excavadas a golpe de siglos. Un tronco viejo,
desafiando toda lógica física y gravedad, sube río arriba apoyado en la fuerza
del saber; son peldaños rústicos orientados al cielo para encaramarse a lo más
alto de estos cahorros, que son, de largo, la porción más hermosa y soberbia
del Higuerón. El viajero, contenida la respiración, nota que hoy el santuario
está concurrido; hay demasiada gente para lo que es costumbre en este rincón
del mundo, rompiendo la mística del desierto con un rumor de domingueros en sábado
y bañistas.
Toca apretar los dientes y trepar por la roca viva, valiéndose de unas
grapas de hierro fijadas hace años por manos piadosas que hoy el caminante
bendice en silencio. Superada la pared, el Higuerón se retuerce en una chorrera
en curva que obliga a redoblar el tiento antes de remontar, con el aliento
justo y las piernas templadas, los últimos metros de la ascensión.
Al fin se alcanza el Cahorro de
Pichirri, donde ruge su célebre cascada-ducha. Los excursionistas
guardan una ordenada cola, como si de la ventanilla de un ministerio se
tratase, con el único y prosaico fin de hacerse una foto a solas bajo el
chorro. Mientras tanto, la naturaleza sigue a lo suyo: el agua ha vuelto a
excavar una badina honda que pasa de la cintura, un pozo azul donde el torrente
cae con inusitada y brutal fuerza sobre la cabeza y la columna del caminante
más viejo, que recibe el bautismo líquido con un crujido de vértebras y un
resoplido de satisfacción. Cumplido el hito, la comitiva da la vuelta para
desandar lo andado; el cuerpo, ya acostumbrado a las dificultades y argucias
del terreno, encuentra la bajada extrañamente más fácil y llevadera.
¡Y entonces llegó el momento supremo del gaznate, la gran restauración
de las fuerzas flacas! Descendiendo por el río, en un recodo bendecido por la
sombra y arrullado por el frescor del agua viva, la comitiva plantó bandera
para entregarse a una comida
pantagruélica, como es ley y buena costumbre entre personas de bien.
¡Allí se desató un cataclismo de viandas que habría hecho palidecer de envidia
al mismísimo maestro Alcofribas! Abriéronse las compuertas del estómago con un
gazpacho fresquísimo, rojo y vivificante, que corrió por las gargantas como río
en verano, escoltado de cerca por un salmorejo cordobés denso, untuoso, con su
correspondiente corona de huevo y jamón. Salió a relucir una montaña de
langostinos cocidos, tersos y rosados, que los comensales pelaban con la
destreza de cirujanos y devoraban a puñados, alternándolos con un exótico humus
de remolacha de un fucsia chillón que contrastaba con la sobriedad ibérica del chorizo
y el jamón cuyas vetas de grasa sudaban un brillo casi celestial.
No decayó el ímpetu de las mandíbulas; antes bien, se redobló el ataque
con una ensalada de cecina, rúcula y lascas de queso parmigiano, seguida por
unas tortillas de patata gordas, jugosas y cuajadas en su justo punto de
gracia. Los quesos reclamaron su derecho de cátedra: un oveja de Zamora, recio
y viejo, flanqueado por uno de cabra granaína, graso y con todo el aroma de las
sierras penibéticas. ¡Y no se vaya a pensar el lector que semejante arsenal de
viandas bajó a secas por el gaznate, libre de la bendición de Baco! Para abrir
camino y limpiar el paladar de la grasa del chorizo y el jamón y el ácido úrico
de los langostinos, corrieron primero las cervezas bien frías, mitigando el
fuego del mediodía con su amargor espumoso, para surgir después el verdadero
milagro de la jornada, un tinto de la Ribeira Sacra que traía en su color de
cereza oscura toda la épica de los bancales heroicos de Galicia.
Para coronar semejante monumento a la glotonería, cuando ya los
cinturones pedían clemencia, se dio cuenta y razón de un dulce de hojaldre y
nueces, crujiente y meloso a la vez.
Comieron, bebieron y triunfaron sobre la fatiga, dejando el recodo del
río limpio de restos, pero preñado de risas y estómagos dichosos.
De nuevo en marcha, los caminantes se giran y alzan la vista hacia la
cumbre del Cisne. Su sombra, contra lo que cabría esperar, no es tan alargada;
sus dolomías resplandecen grises y altivas, recortadas sobre un cielo de azules
brillantes e intensos, un firmamento limpísimo que resulta del todo impropio para
un día de levante en el sur, propenso a las calimas y los bochornos. Se avanza
buscando la sombra en la bajada, aunque la corriente continua del agua y la
copa de los pinos mitigan con nobleza el rigor de la tarde andaluza.
Acompañan el descenso las adelfas,
que escoltan todo el camino alegrando los bordes y los barranquillos laterales
con sus rosas impolutos y alegres. Es obligado el elogio de la adelfa, planta
hermosa y sufrida que regala su belleza al caminante a pesar de albergar en sus
venas un mortal veneno.
Ya llegando a Frigiliana, los ojos topan con el último gran espectáculo:
la cascada de la acequia de Lízar,
un chorro magnífico que se derrama y truena por rocas verdinosas y resbaladizas.
Poco después se alcanza por fin la meta: los coches, calientes por el
sol. Comienza entonces el sagrado ritual de quitarse las botas pesadas y los
calcetines empapados, liberando los pies milagrosamente intactos. Al amparo de
las portezuelas abiertas, brota la charla mansa sobre el día pasado y los
senderos venideros, mientras de algún maletero aparece algún producto de la
huerta que se reparte como reliquia antes de empezar a planear, con los mapas
en la cabeza y la fatiga en el cuerpo, las próximas salidas.


















































