Participantes: 13 | Paco R., Pili, Paco P, Jesús R., Luis, Nori, Germán, Pilar, Joaquín, Carlos, Ricardo, Tere y Jerónimo |
Distancia recorrida: | 19 kilómetros |
Desnivel de subida acumulado: | 490 metros |
Altura mínima: ( 696 m – Prox. Huerta Gorda, pantanillo Montejaque) | Altura máxima: (934 m – Pto. Forcila) |
Tipo de recorrido: | Circular |
Tipo de camino: | Carriles y veredas. |
Mañanitas de mollete, día de paseo
Aquella mañana empezó en la Venta la Vega con un mollete, como empiezan las jornadas memorables, no con grandes ideas, apretados abrazos y besos ni amaneceres trascendentales: café caliente, aceite generoso, tomate, algo de jamón salaíllo y unos molletes capaces de reconciliar a cualquiera con la humanidad. Hay desayunos que alimentan; otros, además, reconfortan el espíritu.
La ruta, como otras veces por
esta zona cercana a Montejaque, arrancó junto al Cortijo Calabazares. Día
despejado, temperatura agradable y ese entusiasmo prudente de quien sabe que
caminar en el campo siempre termina teniendo algo de penitencia y algo de
revelación. El pantano, sin embargo, aparecía desfigurado. El agua que por
primera vez en un siglo había colmado la Presa de los Caballeros, había
desaparecido por completo, dejando a la vista árboles desnudos, grises fantasmas sin alma, como si un incendio antiguo los hubiera dejado petrificados en
mitad de la retirada. Resultaba extraño: el agua, que solemos asociar a la
vida, había dejado allí una colección de esqueletos vegetales.
El campo mostraba una
contradicción parecida. Después de un invierno lluvioso, la hierba parecía más
seca de lo esperado, como si la primavera hubiese decidido pasar de largo sin
avisar. Los árboles, en cambio, lucían un verde rotundo, satisfecho, casi
presumido. Especialmente los alcornoques y quejigos, algunos en flor, con esos tonos
marrones que destacaban sobre el paisaje verde como manchas de café.
Mientras caminábamos, las
conversaciones iban cambiando de dueño y de tema con la naturalidad de los
senderos. Se habló de viajes, claro, porque caminar invita a recordar otros
caminos. Y apareció esa vieja división filosófica entre quienes viajan buscando
a la gente —la conversación, las costumbres, la aldea perdida donde el tiempo
parece anclado a un pasado remoto— y quienes prefieren la naturaleza pura, el
paisaje intacto y la mínima interacción humana posible. Hay personas que viajan
para encontrarse con otras personas, y otras que viajan precisamente para
evitarlas. África surgió en la charla como surge siempre África: no como un
destino, sino como una experiencia moral. Se habló de la dureza para el alma de
ciertos viajes; de esa mezcla de belleza, injusticia y vitalidad que deja al
viajero emocionalmente desordenado. Nadie logró ponerse completamente solemne
porque, por fortuna, en el grupo existe una saludable tendencia a sabotear
cualquier exceso de trascendencia con alguna tontería bien colocada.
El camino sigue el valle de un río, el Guadares, que
llevaba menos agua de la esperada. Cruzamos a Cádiz y allí también el
pantanillo parecía distinto: menos flores y más arena acumulada por las riadas
del invierno. Cruzamos las zonas encharcadas que seguían fieles a sí mismas,
ofreciendo ese barro divertido y agradable -no para todos-, paramos a picar algo y reponer
fuerzas, retomamos el camino y desembocamos, entre vacas, serapias y algún
abejaruco, en el Llano de los Terrazgos.
Rendimos la habitual visita
al Chaparro de las Ánimas, foto de grupo –esta vez no hubo que apartar ningún
coche- y al carril que, entre lirios y abejeras, alcornoques y majuelos, nos
lleva a los Llanos del Cabrizal. Allí el paisaje empezó a transformarse. Regresamos
a la provincia de Málaga y, poco a poco, las areniscas del Aljibe fueron
dejando paso a las grises calizas. Desaparecieron los alcornoques y aparecieron
las encinas, enormes, solemnes, con esa autoridad vegetal de los árboles que
parecen haber visto demasiadas cosas como para impresionarse por unos
senderistas hoy menos sudorosos de lo acostumbrado.
Debajo de una de aquellas
encinas gigantescas, protegidos por los tajos, llegó la hora del almuerzo. Y con ella, el
verdadero sentido de muchas excursiones. La comida y el vino fueron excelentes,
como suele ocurrir cuando se come en ese restaurante llamado piedra, hierba,
borde de camino, sombra de árbol o ribera de río. La conversación derivó hacia
territorios imprevisibles, los nombres de la pasta italiana, y hacia otros más
comunes, la política y el sexo. De todo hubo, incluso té y postre, aunque no
hubiera cocina ni sangre que llegara al Arroyo de los Álamos, que iba seco.
Después del almuerzo, cruzamos estas verdes dehesas
montejaqueñas y un sendero nos lleva hasta los Llanos de Culantro, donde se
alza una enorme encina de tres troncos, árbol de aspecto mitológico y generosa
sombra para humanos y animales. El pozo del Culantro, contra pronóstico y pese
a la seca primavera, seguía lleno de agua. El campo aún conservaba flores,
aunque menos que otros años, como si la naturaleza estuviera administrando la
belleza con cierta prudencia presupuestaria.
La vuelta transcurrió entre
encinas y algún quejigo en las zonas más frescas, paredones calizos y pequeños
grupos de conversación que se formaban y disolvían constantemente, ese fenómeno
tan humano de caminar juntos mientras cada cierto tiempo uno cambia de
interlocutor, como si el sendero fuese también una larga mesa de comedor.
Y así, hablando de cualquier cosa y de nada importante, llegamos finalmente a los coches: cansados, algo sudados y razonablemente felices. Pensándolo bien, es una de las mejores formas posibles de regresar de cualquier ruta.




























































