jueves, 14 de mayo de 2026

16 de mayo: Circular ribera Río Guadares- Llanos del Culantro

Participantes: 13
Paco R., Pili, Paco P, Jesús R., Luis, Nori, Germán, Pilar, Joaquín, Carlos, Ricardo, Tere y Jerónimo
Distancia recorrida:
19 kilómetros
Desnivel de subida acumulado:
490 metros
Altura mínima: ( 696 m – Prox. Huerta Gorda,  pantanillo  Montejaque)
Altura máxima: (934 m – Pto. Forcila)
Tipo de recorrido:
Circular
Tipo de camino:
Carriles y veredas.

Mañanitas de mollete, día de paseo

Aquella mañana empezó en la Venta la Vega con un mollete, como empiezan las jornadas memorables, no con grandes ideas, apretados abrazos y besos ni amaneceres trascendentales: café caliente, aceite generoso, tomate, algo de jamón salaíllo y unos molletes capaces de reconciliar a cualquiera con la humanidad. Hay desayunos que alimentan; otros, además, reconfortan el espíritu.

La ruta, como otras veces por esta zona cercana a Montejaque, arrancó junto al Cortijo Calabazares. Día despejado, temperatura agradable y ese entusiasmo prudente de quien sabe que caminar en el campo siempre termina teniendo algo de penitencia y algo de revelación. El pantano, sin embargo, aparecía desfigurado. El agua que por primera vez en un siglo había colmado la Presa de los Caballeros, había desaparecido por completo, dejando a la vista árboles desnudos, grises fantasmas sin alma, como si un incendio antiguo los hubiera dejado petrificados en mitad de la retirada. Resultaba extraño: el agua, que solemos asociar a la vida, había dejado allí una colección de esqueletos vegetales.

El campo mostraba una contradicción parecida. Después de un invierno lluvioso, la hierba parecía más seca de lo esperado, como si la primavera hubiese decidido pasar de largo sin avisar. Los árboles, en cambio, lucían un verde rotundo, satisfecho, casi presumido. Especialmente los alcornoques y quejigos, algunos en flor, con esos tonos marrones que destacaban sobre el paisaje verde como manchas de café.

Mientras caminábamos, las conversaciones iban cambiando de dueño y de tema con la naturalidad de los senderos. Se habló de viajes, claro, porque caminar invita a recordar otros caminos. Y apareció esa vieja división filosófica entre quienes viajan buscando a la gente —la conversación, las costumbres, la aldea perdida donde el tiempo parece anclado a un pasado remoto— y quienes prefieren la naturaleza pura, el paisaje intacto y la mínima interacción humana posible. Hay personas que viajan para encontrarse con otras personas, y otras que viajan precisamente para evitarlas. África surgió en la charla como surge siempre África: no como un destino, sino como una experiencia moral. Se habló de la dureza para el alma de ciertos viajes; de esa mezcla de belleza, injusticia y vitalidad que deja al viajero emocionalmente desordenado. Nadie logró ponerse completamente solemne porque, por fortuna, en el grupo existe una saludable tendencia a sabotear cualquier exceso de trascendencia con alguna tontería bien colocada.

El camino sigue el valle de un río, el Guadares, que llevaba menos agua de la esperada. Cruzamos a Cádiz y allí también el pantanillo parecía distinto: menos flores y más arena acumulada por las riadas del invierno. Cruzamos las zonas encharcadas que seguían fieles a sí mismas, ofreciendo ese barro divertido y agradable -no para todos-, paramos a picar algo y reponer fuerzas, retomamos el camino y desembocamos, entre vacas, serapias y algún abejaruco, en el Llano de los Terrazgos.

Rendimos la habitual visita al Chaparro de las Ánimas, foto de grupo –esta vez no hubo que apartar ningún coche- y al carril que, entre lirios y abejeras, alcornoques y majuelos, nos lleva a los Llanos del Cabrizal. Allí el paisaje empezó a transformarse. Regresamos a la provincia de Málaga y, poco a poco, las areniscas del Aljibe fueron dejando paso a las grises calizas. Desaparecieron los alcornoques y aparecieron las encinas, enormes, solemnes, con esa autoridad vegetal de los árboles que parecen haber visto demasiadas cosas como para impresionarse por unos senderistas hoy menos sudorosos de lo acostumbrado.

Debajo de una de aquellas encinas gigantescas, protegidos por los tajos, llegó la hora del almuerzo. Y con ella, el verdadero sentido de muchas excursiones. La comida y el vino fueron excelentes, como suele ocurrir cuando se come en ese restaurante llamado piedra, hierba, borde de camino, sombra de árbol o ribera de río. La conversación derivó hacia territorios imprevisibles, los nombres de la pasta italiana, y hacia otros más comunes, la política y el sexo. De todo hubo, incluso té y postre, aunque no hubiera cocina ni sangre que llegara al Arroyo de los Álamos, que iba seco.

Después del almuerzo, cruzamos estas verdes dehesas montejaqueñas y un sendero nos lleva hasta los Llanos de Culantro, donde se alza una enorme encina de tres troncos, árbol de aspecto mitológico y generosa sombra para humanos y animales. El pozo del Culantro, contra pronóstico y pese a la seca primavera, seguía lleno de agua. El campo aún conservaba flores, aunque menos que otros años, como si la naturaleza estuviera administrando la belleza con cierta prudencia presupuestaria.

La vuelta transcurrió entre encinas y algún quejigo en las zonas más frescas, paredones calizos y pequeños grupos de conversación que se formaban y disolvían constantemente, ese fenómeno tan humano de caminar juntos mientras cada cierto tiempo uno cambia de interlocutor, como si el sendero fuese también una larga mesa de comedor.

Y así, hablando de cualquier cosa y de nada importante, llegamos finalmente a los coches: cansados, algo sudados y razonablemente felices. Pensándolo bien, es una de las mejores formas posibles de regresar de cualquier ruta.


Calizas y areniscas, las rocas de nuestro camino

Rosa canina - Rosal silvestre

Por el Cortijo de los Calabazares

El Puente de la Dehesa, al que se le ha derrumbado un lateral

Junto a ese viejo quejigo que sigue aguantando nuestro caminar

Tolpis barbata - Achicoria loca

Después de unas cuantas salidas, hoy la fila se alarga

Lirio

Senecio lopezii

La presa con sus ranúnculos, pero bastante menos que otros años

Geranium malviflorum

Panorámica del pantanillo

Allium roseum - Ajo de bruja

Reflejos

Continuamos por un senderillo junto al río

entre los árboles

con alguno al que gusta abrazar

Después de una mañana despejada, cada vez más nubes

Otro que merece un saludo

Asoma el Reloj. Son las doce.

Tras la pausa 

- Orchis langei -

seguimos el camino por una zona más boscosa

que termina en un encharcado llanillo lleno de Serapias lingua

Llano en los Terrazgos

Grupo bajo el Chaparro de las Ánimas

Bellardia trixago - Gallitos

Lupinus micranthus - Altramuz peludo

Ophrys filcalhoana - Abejera

Carril hacia los Llanos del Cabrizal

La espesura del alcornocal al otro lado del camino

Llanos del Cabrizal

donde vacas y terneros llevan una plácida vida ¿hasta cuándo?

Vista de los llanos desde los ojos de una vaca pastando

Convolvulus meonanthus - Campanitas de colores

Anthericum liliago - Lirio de San Bernardo

Encinar adehesado bajo el Cerrachón

Buscando un restaurante

bajo las encinas

La pétrea bodega

junto al restaurante arbóreo

Linaria tristis

Tajos que parecen pintandos

Linaria platicalyx

Cleonia lusitanica - Cuatro hermanas

Muchos son los árboles majestuosos que pueblan estos prados que corta el cauce seco del Arroyo de los Álamos

Ruinas del cortijo del Cabrizal

Encinas con la Sierra del Endrinal al fondo

Una zona de espesa sombra

Llegando a los Llanos del Culantro

donde sigue, más viva y florida que nunca, esa encina de tres patas - bueno, troncos-

Los Llanos del Culantro y el Cancho del Torero

Nigella damascena - Arañuela

Nubes negras que quedaron en amenaza de lluvia

Ornithogalum narbonense -  Varitas de San José o ajo de lobo

Pararse y mirar, una obligación que a veces se olvida

Aristolochia paucinervis

Llegando al Pto. de Forcila

Encinar bajo canchales calizos

Antirrhinum majus - Conejitos

Mapa de la ruta