Estupenda cena y sitio ideal. Llegar hasta el lugar indicado en el croquis, fue fácil, a pesar de que salimos con dos horas de antelación por si había que dar alguna que otra vuelta. No hizo falta echar mano del móvil ni del GPS para llegar. ¡¡¡ Y eso que llevábamos a Ricardito de copiloto). Eso sirvió para llegar los primeros y elegir el mejor sitio, con unas vistas incomparables de cara al mar.
Lo primero que se nos vino a la cabeza fue el bolero: " Mirando al mar soñé............." No estábamos soñando era una realidad. La comida y el servicio excelente. El servicio fue tan rápido, que creo, que en el contenedor, que hay a la entrada (que decían que era para meter las canoas), tienen dos o tres camareros escondidos, que van apuntando los comentarios de los que llegan, y vía Internet, manda a la cocina la información para nada más que te siente y pidas, te llevan el plato con lo solicitado.

Algunas veces tiene que estar saturada la línea pues se trastornan con los vinos. (Se creía el Obama que sólo espiaba él). Las sardinas deliciosas, los mejillones jugosos (como deben ser), los calamaritos en su punto de fritura; y el calamar al espeto enorme (creo que son los que tienen el Aula del Mar de exposición y lo van renovando, con un acuerdo que tienen con el "merendero"). ¿Cómo sería la fuente que tuvieron que poner con el calamar de 15 kg., que encontraron en Fuengirola? ¿Y la caña para espetarlo? Claro que todo no tenía que ser positivo, si tiene algún inconveniente el sitio escogido, son las sillas. Más que las sillas el lugar donde se pone las sillas. Es un peligro evidente sentarte en algunas de esas sillas. Sobre todo si no eres muy alto. Te sientas al principio cómodamente, y la mesa la encuentras a una altura prudencial, pero conforme va pasando el tiempo, y te van removiendo en la silla, poco a poco, te vas hundiendo, hasta llegar a tocar la mesa con la barbilla. Tenemos que dar las gracias a nuestros compañeros de mayor estatura, que rápidamente estaban ojo avizor, para sacarnos de esas arenas (nunca mejor dicho) movedizas. Lo mejor: que al final de la cena no debimos lamentar desaparición ninguna. ¡Por que acabamos la cena como para empezar a coger el pico y la pala, y empezar a buscar a los enterrados!

Terminada la cena fuimos a cerrar la velada en un heladería. Todos en caravana, fuimos desfilando hasta el sitio indicado. Como no habían hecho croquis para llegar, si perdimos algunos elementos de la caravana. Acostumbrados a la agilidad del merendero, en esta parte notamos algo más el servicio, ¡claro no tenían contenedor para esconder las canoas! Entre que sólo había una camarera, el pelotón que llegamos, la variedad de helados, la indecisión y la posibilidad de elegir varios sabores, algunos íbamos a morir ahogados. No es que estábamos cerca del mar, si no que se nos iba haciendo la boca agua, y agua.... de ver pasar las tarrinas y que nuestro turno no llegaba. Al final todo se solucionó: cada uno saboreó la tarrina elegida, y sobre las 1.30 cada cual se fue a recoger a su templo. No podemos olvidar a los compañeros que no pudieron asistir y a los que se les echó en falta en tan provechosa jornada.